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Carta de Pepe el gallego (II)

11 de June de 2007



El segundo día de mi estancia en el pueblo comenzó, como ya dije, con la visita a la tahona del Sr. Emilio. Me acompañaba Manola Siguero y el motivo era poner una conferencia con mis padres para comunicarles mi llegada sin novedad. Tardamos más de dos horas en comunicarnos. Pero, al fin, y a pesar de las demoras, lo logramos. Aquí no terminó mi visita pues el Sr. Emilio y su hijo Miguel me enseñaron el horno y todo el lugar donde se hacia el pan y… las deliciosas pastas.

Como era un tema muy novedoso para mi, ya que lo único que había hecho con el pan era comerlo, quedé aquella tarde para amasar el pan. Luego, llamaron a Toño y fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Todo para mi fue un gran descubrimiento. Nos dirigimos hacia la salida de Pajarejos y se para en la última casa, que era del cartero. Toño llamó a la puerta y salió la mujer de Zoilo, el cartero, con una pequeña en los brazos, y preguntó por Santiago, seguidamente y sin que diera tiempo para ser avisado, salió el tal Santiago como una flecha y después de presentarme a él y a su madre salimos por la orilla del río en dirección al puente de la vía del tren. Recuerdo que entre nosotros tres se creó una relación muy amistosa. Nos metimos en el puente pequeño y chapoteando lo atravesamos hasta la mitad, donde ellos dos empezaron a dar saltos sorprendidos por algún animal, que yo no lograba ver. Más tarde pude saber que se trataba de un ratón aguadero. Mi sorpresa fue mayor cuando Antonio me dijo: a esos los matan a pedradas y se los comen algunos vecinos del pueblo. Más adelante me enteré que esa misma persona también se comía lagartos y culebras de río. No recuerdo su nombre, quizás podía ser Sr. Inocente, lo que si sé es que vivía en la esquina antes de llegar al baile de abajo, el de Carmen e Isaac y a la izquierda de la casa de Valentín el sastre. Siempre estaba sentado en el poyo de piedra a la puerta de su casa. Lo más curioso era que decían que eran bocado de cardenal y que también partía los rabos de los gatos pequeños ¡con los dientes! para quietarles las miserias, decía. Cada paso que daba era un cajón de sorpresas, algo absolutamente novedoso para mi.

Ese mismo día al atardecer, los chicos jóvenes se reunían debajo del puente del río, por detrás de la fragua del Sr. Pedro. Allí conocí al resto de los que luego serian mis amigos. De los de mi edad, Sotero, Valentín, Francisco Santamaría, su hermano Bernabé, Vitorico, Eugenio, Pedrito el hijo del herrero, Víctor, Julián Lamas, el hijo del cencerrero, que hizo Derecho y fue Delegado de Iberia en Holanda, creo, su primo, un poco mayor y que luego cuando se fue a Madrid y que, al parecer, trabajaba en una perfumería o era vendedor de perfumes, Diocleciano Santamaría, mi gran amigo Diocle, Arturo, Dionisio de Dios y Macario, Pedrito el rubio, Celestino y alguno más que ahora no recuerdo.¡Han pasado más de 55 años! Estaban jugando con un palo, súbitamente, se produce una pelea entre el que tenia el palo y otro. Como el del palo amenazaba al otro, Bernabé dirigiéndose a mi, dijo: tú, madriles (como tenia pinta de Ciudad se me identificó como de Madrid), cógele el palo ya que no vas con ninguno de los dos. Al ir a coger el palo, tiró de él y mi mano se llenó de mierda. Ellos sabiendo de mi llegada se pusieron de acuerdo para darme la BIENVENIDA y habían embadurnado la cachaba de caca. Ante la sorpresa salí corriendo del lugar hacia mi casa, llorando. Cuando llegué mi tía ante el olor del aditivo, me echó una bronca de tomo y lomo, lo cual unido a la broma de los chicos dejó un recuerdo que aún hoy día me da risa. Pero para mis adentros quedó una futura venganza. Cosa que nunca logré llevar a cabo.

Evidentemente, no pude acudir a mi cita con el panadero.

A la mañana siguiente acompañé a mi tío a la visita médica. Primero pasamos por la casa del Sr. Isidoro que había cogido un fuerte constipado. Me sorprendió su extrema delgadez. Iba totalmente de negro y con una amplia faja, que le cubría desde las tetillas hasta por debajo de la bragueta. Chaleco y pantalones de pana y camisa sin cuello de cuadrados negros. Un palillo en la comisura de los labios. La tez muy negra y con pecas. Nos recibió su mujer, la Sra. Urbana. Mi tío puso a hervir la jeringuilla para ponerle una inyección. Me presentaron a Teodorín y su hermana Maria Luisa. Con el primero iba tener una estrecha relación y con su madre una de las aventuras más sonadas de mi estancia en el Pueblo. Luego seguimos las visitas en otras casas y finalmente pasamos por la casa de Hilario y Julián, los que al principio me parecían gente corriente pero que más adelante serían protagonistas del hecho más sorprendente en la rutinaria vida de Bercimuel.’, 3, 175, 7, ‘luis

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